Portugal tiene casi mil kilómetros de costa en el Atlántico, pero hay dos playas que concentran toda la magia. Te contamos cuáles son y por qué tenés que visitarlas en tu próximo viaje.
Si todavía creés que las playas más lindas de Europa están en el Mediterráneo, es porque no conocés el Algarve. Esta región portuguesa en el sur del país es un espectáculo de naturaleza salvaje donde los acantilados de arenisca roja crean formaciones imposibles de agua turquesa. No es marketing turístico: es real, es hermoso, y está esperándote.
El viaje desde Buenos Aires no es complicado. Vuelos directos con Iberia o TAP Air Portugal te dejan en Lisboa en unas 11 horas. Desde allí, podés alquilar coche hacia el sur (unos 400 km) o tomar un autobús. Los precios son accesibles comparado con otros destinos europeos: hospedaje desde 40-50 dólares por noche, comidas locales entre 8 y 15 dólares.
Praia da Marinha: cuando la naturaleza supera cualquier postal de Instagram

Cerca de la localidad de Lagoa está Praia da Marinha, una playa que ha sido nombrada varias veces como una de las más bonitas de toda Europa. Y cuando la ves en persona, entendés por qué. Los acantilados rodean la playa como guardianes milenarios, y el agua tiene ese color verdoso que parece sacado de un cuento de hadas.
Lo que hace especial a Praia da Marinha son sus Arcos Naturais: dos formaciones rocosas gemelas en el extremo oeste que crean un doble arco marino. Es el lugar más fotografiado de la playa, así que si querés evitar multitudes, llegá temprano. Muy temprano. El estacionamiento es limitado y la policía cierra la carretera cuando se llena. La recomendación local es estar ahí al amanecer.
El contraste entre las rocas rojas, la arena dorada y esa agua casi irreal es lo que hace que viajeros de todo el mundo dejen sus móviles de lado por un momento y simplemente respiren. Traé protector solar: la radiación en el Algarve es intensa incluso en otoño.
Praia do Camilo: la playa que empieza donde termina la aventura

Lagos es el pueblo más turístico del Algarve, y con razón. Su ubicación, su gastronomía, sus bares y la cercanía a Ponta da Piedade (el ícono del Algarve) la hacen perfecta para base de operaciones. Pero la joya está en Praia do Camilo.
Para llegar necesitás descender una larga escalera de madera tallada en los acantilados. Es eso lo que la mantiene relativamente tranquila. Sí, vas a encontrar gente, pero no es el caos que ves en otras playas europeas. Una vez abajo, te encontrás con una playa pequeña, íntima, rodeada de formaciones rocosas de formas curiosas que invitan a explorar.
Las aguas son cálidas y poco profundas, ideal si viajás con familia. Hay un pequeño parking con capacidad para unos 30 autos, así que el flujo de visitantes se auto-regula. La infraestructura es buena: hay chiringuitos donde comer, vestuarios, todo lo que necesitás para pasar el día sin preocupaciones.
El mejor plan es dejar el coche en el hotel de Lagos, tomar un taxi o caminar hasta la playa (está relativamente cerca), y disfrutar sin estrés de aparcamiento. Al atardecer, cuando el sol pinta todo de naranja y la gente se retira, Praia do Camilo se transforma en un lugar casi mágico. Ese es el momento para quedarte un poco más.
El Algarve no es solo playas bonitas. Es la sensación de que descubriste algo que el turismo masivo todavía no arruinó completamente. Praia da Marinha y Praia do Camilo te esperan, con sus acantilados rojos y esa luz dorada de Portugal que todos recordamos con nostalgia cuando volvemos a casa. Es hora de reservar ese viaje.





























