Por Paula Antolini
Jijoca de Jericoacoara (Ceará, Brasil) es un destino casi impostergable si disfrutás de la vida de playa. Bien al Norte brasileño -a 300 kilómetros de Fortaleza- se encuentra este pequeñísimo paraíso tropical, que te ofrece mañanas de extensas costas, atardeceres de película, y noches de música y fiestas con los pies en la arena.

A Jericoacoara se puede llegar, desde noviembre de 2017, en avión. El destino es el Aeropuerto JJD ubicado en Cruz, un pueblo a 48km. Allí arriban vuelos nacionales e internacionales. Para ir desde Buenos Aires, las tarifas rondan los 150mil pesos comprendiendo la ida y la vuelta. Una vez en Cruz, se pueden contratar buggys (vehículos permitidos y especializados para rodar sobre calles de arena y médanos) para hacer esos casi 50km que separan este pueblo del paraíso natural.
El centro de Jericoacoara tiene cuatro cuadras. Allí se encuentran los restaurantes donde se puede encontrar comida típica como los crepes de tapioca –muy ricos, en sus versiones dulces o saladas- o también pizza y pasta. Hay una plaza pequeña a veces rodeada de puestos de artesanías, algunos locales de ropa y calzado, y, lo que más llama la atención, la rúa (calle) principal baja hacia la playa con un desfile de carritos donde se venden tragos. Las fiestas de electrónica y zamba que se arman allí son el verdadero centro turístico del lugar. Si te alejás un poco, también podés encontrar pequeños quinchos con música y baile en vivo.

Es importante dormirse temprano, ya que al otro día se recomienda aprovechar las primeras horas de sol. Las playas son muy extensas, con arena finita y agua cristalina. Tal como te las imaginás en una costa tan al norte de Brasil. No se acostumbra llevar sombrilla, así que al mediodía se pueden utilizar las pertenecientes a los restaurantes de los paradores –por supuesto, al consumir- o irse y volver a la tarde. En el momento en que el sol se pone es costumbre en Jeri caminar hasta la Duna do Por do Sol a observar este maravilloso espectáculo desde una ubicación privilegiada.
Por algunos reales se pueden realizar diversas excursiones por las atracciones de la zona: la pedra furada –una especie de ventana natural al paraíso-, el árvore da preguica –un árbol que crece acostado a causa de la velocidad y caudal de los vientos de ese lugar- y la Lagoa do Paraiso –mi favorita-, una playa donde disponen hamacas dentro de una laguna cristalina.

Conocí Jeri -así le diremos cariñosamente- en enero de 2017. Llegar en aquél momento, por la inexistencia del aeropuerto, fue una aventura en sí misma. Luego de tomar un avión con escala en Sao Paulo, bajamos junto a dos amigas en el Aeropuerto Internacional Pinto Martins (Fortaleza) a las 10 de la mañana, habiendo pasado por diferentes –pero igualmente irritantes- situaciones en las escalas y los cambios de aeronave.
A partir de allí, el trayecto se hacía un tanto más rústico: nos encontrábamos a 300 km de nuestro hostel, y debíamos conseguir –en un completamente nulo portugués- algún particular que nos llevara en su vehículo hasta allí. Por suerte ese pedido era muy común, y no tardamos en encontrar no sólo transporte, sino tres israelíes con quienes compartir el viaje y el costo.
Cuatro horas después, con un último tramo bastante movido ya que debíamos atravesar 20km de médanos altísimos surfeando por una especie de arenas movedizas, llegamos al hostel. Hoy la experiencia de arribar parece ser distinta, y sin dudas es un destino al que, si estás pensando visitar Brasil, tenés que ir.
Viajar a Jericoacoara es una experiencia única. Relajación y aventura conviven en armonía.





























