Esta cálida y acogedora localidad poblada por 700 residentes con todas las condiciones y comodidades es una oportunidad única para vivir una inigualable experiencia turística en pleno contacto con la naturaleza.
Península Valdés es un accidente costero de contorno casi triangular unido al continente por el istmo Carlos Ameghino. En el corazón de esta formación geológica que data de millones de años se ubica el un pintoresco poblado de 700 habitantes: Puerto Pirámides. Como dato cabe aclarar que se trata del único centro urbano declarado Patrimonio Natural Mundial por la UNESCO desde 1999.

Ligado profundamente al mar, las casas bajas decoradas con grandes murales y pintadas con colores estridentes abren al máximo los sentidos, al tiempo que entablan una perfecta comunión con el medio.
A lo largo de su callecita principal se encuentran los diversos locales de artesanías, colegios, entes municipales y alojamientos que ofrecen todo lo necesario para que la estadía de los visitantes sea inolvidable. Al final, un fulgurante color turquesa indica la línea costera. A través de sus bajadas se accede a las playas, de aguas mansas, transparentes, y sobre la costa una variada oferta de hospedaje, gastronomía y agencias de excursiones.

El mundo natural se hace presente desde el momento mismo en que se toma rumbo a Puerto Pirámides. Al abandonar la ruta 3 se accede al Área Protegida, por lo que se debe circular con muchísima atención puesto que andan libremente todo tipo de especies animales como guanacos, maras, choiques y ovejas. Al llegar al poblado esta realidad se amplia para apreciar la diversidad de fauna marina: pingüinos de Magallanes, elefantes marinos, orcas, delfines y la presencia estelar de la especie que ubica en el mapa mundial a Puerto Pirámides: la ballena Franca Austral.
Un sitio chiquito, tranquilo, seguro y natural
En la armonía de un poblado con apenas 700 residentes se mezclan los mochileros, las familias de visita y los diversos turistas que arriban a la localidad. Puerto Pirámides ofrece una amplia variedad de actividades y alojamientos que proveen todos los servicios necesarios para que, pernoctando allí, se pueda vivir una experiencia completa en este pequeño sitio con una enorme riqueza cultural y natural.

Pasar los días en este lugar es abstraerse del vertiginoso ritmo de las ciudades. El tranquilo ritmo de vida hace que sea apreciable todo el tiempo el canto de las aves al incesante compás de las olas que rompen en la costa.
Un cielo abierto que de día se pierde en la infinidad del horizonte, telonero de imponentes atardeceres que brindan o quitan su luz a las formaciones de piedra que encuadran el golfo, y que de noche sostiene un sinfín de estrellas que brindan todo su esplendor, un brillo que se refleja en las calmas aguas del océano. Definitivamente se trata de un lugar ideal para incursionar en el astroturismo.

Un sitio que hay que visitar es la “Playa de la Piedra Guacha”, 3 kilómetros de extensión de arena fina de gran valor fósil, donde como elemento central se observa una formación de piedra erosionada que queda a la altura del mar y que le da su nombre.
A su alrededor se perciben innumerables cuevas, a las que también se puede acceder a través de una caminata que provee algunas de las vistas panorámicas más extraordinarias, incluyendo la Bahía de Pirámides y la boca del Golfo de Nuevo.

Esta realidad inmersa en el mundo natural se ve reflejada en todo, incluida la gastronomía. Una cita obligada en Puerto Pirámides es degustar los múltiples platillos de mar que conforman la carta de los diferentes restaurantes, con principal atención en los mariscos.

Esto no es casualidad, en un sitio como este, la pesca es más que una actividad económica, es un estilo de vida. Cada día, pescadores artesanales se sumergen en el Golfo de San José para recolectar manualmente vieiras. Ya en las cocinas, estos fabulosos mariscos son convertidos en una obra de arte culinario.
El platillo característico del lugar es “Vieiras gratinadas con queso y vino blanco”. Su carne es firme y de textura algo fibrosa y un estallido de mar en el paladar, acentuado con el característico aroma y gusto del parmesano y el vino blanco.





























