Por José Rusconi
Ubicada en el cruce de Rivadavia y Callao, en el barrio de Balvanera en la Ciudad de Buenos Aires, la Confitería del Molino es portadora de una gran historia. Sus inicios, el gran esplendor y las distintas administraciones forman parte del legado de este hito cultural argentino que actualmente busca volver a ser lo que alguna vez fue.
Nacimiento, esplendor, caída y resurgimiento. Así podríamos definir el ciclo de vida efectuado por la icónica Confitería del Molino. Su nombre sería tomado de un molino harinero que se encontraba por la zona. Además «como símbolo forma un vínculo con las construcciones de identidad argentina, recordando sutilmente la fronteriza dicotomía fundacional entre ciudad y campo» [1]
El inicio de sus actividades se registra un 9 de julio 1916. La fecha coincide con el centenario de la independencia de la Argentina. A partir de ese momento, la confitería sería uno de los grandes representantes de la cultura de nuestro país.

Tanto Constantino Rossi como Cayetano Brenna, ambos italianos, son claves en esta historia. Su gran visión, que incluyo la compra de la esquina de Rivadavia y Callao en 1904, y la adquisición posterior, en 1911 y 1915, de las casas vecinas, les permitió levantar esta verdadera mole. El encargado de realizar el ambicioso proyecto fue Francesco Gianotti, también italiano. Para dicha obra el arquitecto unificó todas las construcciones en uno sola. El año 1916 marca la inauguración de la confitería, aunque su verdadera fecha de finalización fue 1917.

El edificio presentaba unas amplias dimensiones. Dentro de la construcción se encontraban distintos pisos. Uno de ellos era el subsuelo. Allí se hallaba la fábrica de pastelería y confitería. También se encontraban la fábrica de hielo, la bodega y el taller mecánico. Encima de estos se ubicaba la confitería propiamente dicha y, un piso por encima de ellas, encontrábamos el salón de fiestas y los departamentos. Éstos últimos se alquilaban. Los que se ubicaban sobre la Avenida Rivadavia eran semipisos. A su vez, los ubicados sobre Callao presentaban un mayor tamaño.

Gran parte de la fama de la Confitería del Molino se explica gracias a los ciudadanos que solían frecuentar las instalaciones. La presencia de presidentes como Agustín P. Justo, Marcelo T. de Alvear y Juan Domingo Perón, escritores como Leopoldo Lugones, Roberto Arlt, quien mencionaría al local en su Aguafuerte «Donde queman las papas», y José Ingenieros y también artistas del calibre de Carlos Gardel y Niní Marshall dotaban de vida a las instalaciones de la confitería.
La mencionada fama sería transportada al gran aura cultural que ha rodeado al local. Los frecuentes debates políticos, en gran parte debido a su cercanía con el Congreso Nacional, y las menciones existentes, el poeta Oliverio Girondo lo menciona en su poema «Exvoto» y los autores Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares lo citan en su cuento «Más allá del bien y del Mal», nos remarcan la gran presencia de la confitería dentro de las letras argentinas.

La gran belleza y fama que convocaba a artistas y ciudadanos se veía respaldada por un aspecto no menor: la calidad culinaria. Entre las distintas opciones que figuraban encontramos el postre Imperial Ruso. Éste fue creado por Cayetano Brenna en el año 1917 como una exaltación a la entonces desaparecida dinastía de los zares. Otro platillo destacado fue el Postre Leguisamo, ideado a partir del pedido efectuado por Carlos Gardel como un homenaje a su amigo Irineo Leguisamo.

Caídas ventosas
Con el paso del tiempo llegaría la primera de las grandes caídas de la confitería: su incendio en 1930. El triste evento tendría lugar durante la revolución que derrocó al entonces presidente Hipólito Yrigoyen. El local se mantendría cerrado y recién un año después, en 1931, sus puertas volverían a abrir. Esta no sería el único problema que enfrentaría la confitería, ya que en 1938 moriría su dueño: Cayetano Brenna. Este suceso marcaría el final de la “Bella Epoque”

A partir de la muerte de su dueño la confitería sería adquirida por Renato Varesse quien se encargaría de administrarla hasta 1950. En ese momento Antonio Armentano comandaría el destino de la confitería. El año 1978 marcaría el fin de su administración y la adquisición del inmueble por parte de un grupo de personas que en 1979 declararían la quiebra del establecimiento.
Si los años 80 fueron trascendentales para la continuidad de la confitería, los 90 marcarían un antes y un después en la historia del local. Uno de los grandes hitos fue la presencia de Madonna en el establecimiento. Allí la artista grabó el video “Love don’t live here anymore” en 1996. Un año después, el cielo y el infierno: la confitería cerraría definitivamente sus puertas y, además, sería declarado como Patrimonio Histórico Nacional.
Actualidad
El lento resurgimiento comenzó en el año 2014 a partir de la expropiación efectuada a partir de la Ley 27.009. Producto de esa ley el icónico edificio es transferido al Congreso de la Nación. Unos años más tarde, el Gobierno Nacional compró la confitería por $181.742.000. Posteriormente, el 27 de junio de 2018 se constituye la Comisión Bicameral Administradora del Edificio del Molino. Dicha entidad presentaría el 8 de mayo de 2019 el Plan de Restauración Integral del Edificio del Molino (RIEM), proyecto multidisciplinario que pretender restaurar el edificio y su patrimonio.
El plan original se vio afectado por la pandemia. El costo estimado para la restauración es de uno 100 millones de pesos y se ha contratado a 40 especialistas para que lleven a cabo tan ardua labor. Las intervenciones han apuntado a poder restaurar y conservar el edificio. La destacada labor emprendida ha rendido sus frutos y es posible visualizar grandes campos que han impactado positivamente en la fachada y en el interior del establecimiento.
La Confitería del Molino es una gran pieza dentro del rompecabezas cultural argentino. Sus instalaciones han alojado y cobijado a una incalculable cantidad de ciudadanos y turistas. Según las declaraciones efectuadas por el arquitecto Fernando García, «el destino del edificio, según la ley, es recuperar la confitería histórica, que se va a concesionar y destinar distintos espacios a cuestiones culturales. También establecer un Museo de Sitio que cuente la historia del edificio y su propio proceso restaurativo».

La gran restauración sin dudas ha iluminado y fortalecido el brillo que la Confitería del Molino supo brindar. La posibilidad de restaurar este edificio, considerado Patrimonio Nacional, es una puerta hacia el futuro y un bosquejo de la ilustre memoria que formó parte de las reuniones de millares de ciudadanos.
Fuente: [1]: Thissen, V. (2011) La Confitería del Molino: Un Patrimonio cultural como «idea literaria». II Congreso Internacional de Literatura y Cultura Españolas Contemporáneas,
3 al 5 de octubre de 2011, La Plata, Argentina. Diálogos Transatlánticos. En Memoria
Académica.





























